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  • Ana

El profesor de literatura

El aula que me tocó en séptimo de EGB tenía una pequeña ventana que daba al norte, de manera que el ambiente en general era umbrío.

Aquel año llegó un profesor nuevo de Lengua y Literatura: Vicente. Nunca he sido capaz de recordar su apellido.

Vicente era un hombre menudo, espigado, con una extraña y gigante verruga en la nuca. Su voz era sosegada y amable, como todo en él.

El día que Vicente marcó mi vida para siempre fue aquel en el que empezamos a trabajar en el libro que nos mandó llevar a clase. No tuve la curiosidad de ojearlo en casa, así que mi primer acercamiento al libro fue ese día. El libro era Ocnos, de Luis Cernuda. Vicente leyó pausadamente la primera pieza. Me sentí como si hubiera despertado de un gran letargo al oír cada palabra.

Transcurrieron los días, y cada uno de los alumnos íbamos leyendo y comentando las piezas de Ocnos, el libro que supuso mi primer acercamiento a la prosa poética y que marcó un antes y un después en mí como persona. No solo era el libro, sino la forma mágica en que Vicente creó una simbiosis entre el libro y nosotros. Ahí nació mi gran amor por la literatura y, cada día que Vicente entraba al aula, mi luz interior se encendía tanto que las sombras del aula desaparecían para convertirla en un paraíso de palabras infinitas. Y el interruptor era él, Vicente, el hombre tranquilo que me hizo amar los libros. El mejor profesor que he tenido jamás, el que me permitió saber quién era yo a través de Luis Cernuda.



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